Los datos sobre declives de especies, pérdida de hábitats y seguimiento general de animales y plantas se acumulan en Europa. Cada vez hay informes más detallados y precisos. Sin embargo, los gobiernos no logran convertir esta información, que permite conocer de forma pormenorizada el estado de la naturaleza, en políticas de conservación eficaces que sirvan para recuperar los ecosistemas y frenar la crisis de biodiversidad. Esta es la constatación principal de un estudio publicado en ‘Njp Biodiversity’, del grupo ‘Nature’, y liderado por el CREAF (Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales).
[–>[–>[–>Los investigadores han identificado 16 « cuellos de botella » que bloquean el avance de las medidas concretas. El problema aparece entre la recogida de datos sobre el terreno y su transformación en « indicadores útiles » para las políticas ambientales. Uno de los obstáculos es la desigual cobertura de los análisis. « Existen regiones, hábitats y grupos de organismos que apenas se monitorizan », lamenta Maria Blasi, científica del CREAF y autora del estudio. Sucede, por ejemplo, con los ecosistemas marinos, en los que se han detectado « importantes lagunas » de información. En el medio terrestre, hay tres grupos damnificados que reciben menos atención por parte de los especialistas: los líquenes, los artrópodos y el zooplancton de agua dulce.
[–> [–>[–>Pero los escollos no están solo en la desigualdad de la información. Los programas, a menudo desarrollados por personas voluntarias, utilizan metodologías y calendarios diferentes, lo que dificulta comparar resultados entre territorios o analizar tendencias a lo largo del tiempo. Además, algunos de los datos recogidos no se comparten. Y después, por último, está la falta de fondos económicos para abordar medidas de conservación realmente ambiciosas. « Conocer estos obstáculos nos permite entender qué les falta a los programas de seguimiento de la biodiversidad para poder vincularlos con las políticas ambientales », sostiene Blasi.
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Programas a examen
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Antes de llegar a las conclusiones, el equipo de Blasi ha examinado 17 programas europeos de seguimiento de ecosistemas terrestres, acuáticos y marinos, y ha evaluado su capacidad para proporcionar información sobre diferentes variables. Una variable, por ejemplo, puede ser la abundancia de mariposas en un tipo de ecosistema concreto. No obstante, si el seguimiento recoge datos cada cinco años y el indicador europeo común se actualiza cada tres, emerge una disonancia. A través de este proceso, se ha comprobado cómo un seguimiento bien realizado puede no responder a las necesidades de las políticas de conservación.
[–>[–>[–>Les mariposas sont même affectées par l'agriculture intensive / Irene Vilà Capafons
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¿Cuál es la solución para evitar la existencia de estas diferencias? « Armonizar los protocolos, facilitar el acceso abierto a los datos y coordinar los programas », afirma Blasi. La experta también avisa de que la falta de recursos económicos no solo dificulta la puesta en marcha de acciones para mejorar el estado de la naturaleza, sino también el mantenimiento de las observaciones a largo plazo. Si un programa se queda sin fondos, los datos quedan interrumpidos y dejan de ser útiles a los departamentos de medio ambiente, estatales y regionales, de los gobiernos.
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Caso catalán
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En Catalunya ya existen iniciativas consolidadas, como el programa de seguimiento de mariposas (cBMS) y aves (SOCC), que aportan datos constantes a redes europeas. Estos dos censos anuales funcionan de forma coordinada y permiten proporcionar información al conjunto de Europa. En cambio, existen otros recuentos que no tienen la misma estabilidad. Por esta razón, el estudio propone consolidar de forma definitiva el Centro Europeo de Coordinación de la Observación de la Biodiversidad, actualmente en fase piloto, para conseguir que los países compartan « criterios e información ».
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